Pompeya: un ‘Lamborghini’ en la ‘Marbella’ de Roma | Televisión

El 26 de octubre del año 79 ―una inscripción fechada el 17 de ese mes descarta que la conocida erupción del Vesubio se produjese el 26 de agosto como señalaban las fuentes tradicionales―, Pompeya comenzó a desaparecer bajo toneladas de lapilli y cenizas. La agonía de la ciudad duró tres días hasta que el último de sus habitantes falleció y la montaña dejó de escupir su reguero de muerte y destrucción. La espectacularidad de los hallazgos que desde el siglo XVIII se vienen realizando en esta desgraciada urbe de la bahía de Nápoles llamó pronto la atención de reyes, políticos, artistas e investigadores y, con el turismo de masas, de millones de visitantes. De hecho, la catástrofe ha sido uno de los momentos históricos más estudiados y reproducidos por la literatura, el cine, la pintura y los medios de comunicación.

Sin embargo, uno de los aspectos menos conocidos de ella son las zonas residenciales de los potentados que la habitaban. Desde los años sesenta del siglo pasado se excava un barrio (Ínsula Occidental), donde vivían los más ricos de los ricos, con todo el lujo posible para la época: enormes casas con hermosas terrazas, fuentes, jardines, estatuas, pinturas, bibliotecas, estanques, saneamientos… Si la espectacularidad de los hallazgos realizados en modestas tabernas, panaderías, viviendas, prostíbulos o mercados ya de por sí provocan la admiración, la excavación de la opulenta barriada provoca asombro.

Ahora el documental del Canal Historia Pompeya: ciudad de esplendor y cenizas, dividido en tres capítulos y bajo demanda en AMC Selekt en los principales operadores, genera incredulidad al mostrar los retratos que parecen recién pintados de los grandes poetas plasmados en las paredes de las mansiones y hasta la aparición de un carro ceremonial casi intacto, descubierto en febrero de 2022, que los expertos califican como el “Lamborghini de su época”. Lo mejor de lo mejor en el barrio donde los romanos pudientes pasaban sus lujosas vacaciones, al estilo de las actuales Marbella o la Costa Azul.

Una de estas lujosas mansiones desenterradas, la llamada Casa de la Biblioteca, resulta de especial interés porque está repleta de misterios aún sin resolver. Los arqueólogos saben que en ella se desarrollaba una vida de exuberancia, una vida fácil y de esplendor. Incluso, se ha descubierto que esta casa estaba siendo reformada en el momento de la erupción, ya que se han encontrado muestras de diferentes mármoles que el constructor estaba enseñando al propietario para que eligiera el que más le gustara. La erupción lo congeló todo en el tiempo.

Imagen del documental de AMC que representa una visión de Pompeya al tercer día de la erupción del Vesubio.Canal Historia

Plinio el Joven describió la columna de humo y cenizas de 32 kilómetros de altura que vomitaba el volcán como semejante a la figura de “un pino” mediterráneo, con una copa amplia y un tronco estrecho. Mientras la catástrofe se cernía sobre aquella gente, unos preferían rezar a los dioses pidiéndoles que aplacasen su ira, al tiempo que otros huían cubriendo sus cabezas con cualquier tipo de objeto resistente para evitar morir de un golpe en el cráneo.

Fue el arqueólogo Giuseppe Fiorelli, en 1863, el que diseñó un método, que se sigue empleando, para rellenar con yeso las oquedades que habían dejado los cuerpos yacientes de los desgraciados fallecidos bajo el manto de muerte que provocaba el volcán. Sus carnes y sus huesos desaparecieron con el paso de los siglos, pero no así los objetos, las joyas o las monedas que llevan guardadas en su frenética y desesperada huida.

En 1594, un milenio y medio después de la catástrofe, durante la construcción de un canal de riego, se hallaron unas desconcertantes pinturas e inscripciones en mitad de la nada. En 1749, el rey de Nápoles, el futuro Carlos III de España, ordenó comenzar las excavaciones de lo que parecía una ciudad perdida. El 20 de agosto de 1763, se halló una inscripción con una respuesta clara: Pompeya.

Es el único yacimiento del mundo donde se pueden ver las caras de horror de los fallecidos, sus últimas muecas de dolor antes de morir asfixiados. Aunque fuesen ricos, extremadamente ricos, con un Lamborghini en la puerta. La muerte iguala. El documental lo cuenta.

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