Una ola migratoria “sin precedentes” pone a prueba las relaciones entre México y EE UU

Entre los desgarradores conflictos humanitarios mundiales con los que se despide este año no hay que olvidar las migraciones latinoamericanas que tratan de cruzar por México hasta Estados Unidos en busca de un mejor porvenir. En su particular guerra contra la pobreza y las condiciones políticas de sus diversos países, el dramático éxodo de cientos de miles de personas ha experimentado un incremento “sin precedentes” estos dos últimos meses, a decir de Estados Unidos. Prueba de ello son los continuos contactos diplomáticos que ponen a prueba su relación bilateral con México. Este miércoles, en pleno descanso navideño, una delegación de primer nivel visitará de nuevo al presidente Andrés Manuel López Obrador para abordar el problema que, junto con el tráfico de fentanilo por la frontera, más dolores de cabeza ocasiona entre ambos países. Los secretarios de Estado, Antony Blinken, y de Seguridad, Alejandro Mayorkas, acompañados por la asesora de Seguridad de la Casa Blanca, Elizabeth Sherwood-Randall, tendrán un nuevo encuentro cara a cara para debatir el enorme desafío de la migración.

El número de migrantes detenidos en los cruces fronterizos con EE UU se ha elevado en un 31%, hasta alcanzar las 69.462 detenciones, según los datos de la Patrulla Fronteriza estadounidense (CBP, por sus siglas en inglés). Y una caravana de miles de personas ha salido ya desde Chiapas, al sur de México, con el mismo destino, la frontera estadounidense. En pleno invierno, familias enteras tratarán de cruzar México en condiciones paupérrimas y sujetas a decenas de artimañas de corrupción y extorsiones que las dejarán exhaustas a las puertas del nuevo mundo.

La economía se cruza fatalmente en el camino de los migrantes. La semana pasada, en vista del flujo humano que se agolpaba en la frontera, Estados Unidos cerró varios puentes aduaneros afectando gravemente las importaciones y exportaciones de ambos países, lo que originó nuevos contactos de urgencias que concluyeron con la apertura de los pasos de unión. La patronal mexicana acusaba pérdidas millonarias. En la llamada que sostuvieron los presidentes Joe Biden y López Obrador el pasado jueves, se acordó la urgente reunión de este miércoles para establecer “nuevas acciones” que regulen el flujo migratorio y permitan mantener abiertas las operaciones comerciales. La última de las medidas antimigración, dictada en Texas por el gobernador republicano Greg Abbott, permite a la policía de su país deportar de forma inmediata a aquellas personas que no puedan aportar los papeles requeridos. Está previsto que entre en vigor en marzo y ha sido calificada como la más dura aprobada hasta la fecha en Estados Unidos, lo que ha merecido la condena del presidente mexicano.

La migración es una pescadilla que se muerde la cola. Los países afectados por las sanciones de Estados Unidos a su economía, como Cuba o Venezuela, se quejan de esta circunstancia que incita el éxodo de sus ciudadanos. Un encuentro entre diversos mandatarios celebrado el pasado 22 de octubre a instancias de México, trataba de abordar la situación en los países de origen. México está entre dos fuegos, por un lado, las exigencias de Estados Unidos para frenar la migración, por otro, las reticencias del Gobierno de López Obrador a endurecer el paso de los latinoamericanos, un problema que también se da en el propio México, donde miles de paisanos se suman a este éxodo para encontrar un futuro en Estados Unidos. De las 307.000 personas detenidas en la frontera que se prevén para final de año, unas 75.000 serán originarias de México.

Las enormes crisis políticas y de pobreza que sacuden toda Latinoamérica, en Honduras, Venezuela, Guatemala o Nicaragua, son el origen de este repunte migratorio que condena a cientos de miles de personas a un sufrimiento extraordinario en la salida de sus países hacia el norte próspero. Pero las reuniones entre los líderes políticos no concluyen en una solución, ni se acercan siquiera, por lo general, a modificar el estado de las cosas.

Condenados a entenderse, las relaciones entre México y Estados Unidos han sido cordiales en todo el sexenio. Una de las recientes visitas de Blinken vino precedida del anuncio de nuevos kilómetros de muro, y ni eso oscureció el buen ambiente del que presume siempre el mandatario mexicano con sus vecinos. La migración no es el único asunto peliagudo entre ambos, está también el fentanilo, la mortífera droga que entra desde México y que mata a más de 100.000 estadounidenses al año. Y los carteles del narcotráfico, que lo atraviesan todo, la economía, las propias drogas y la migración. De reciente estancia en México, la secretaria estadounidense del Tesoro, Janet Yellen, trató de poner orden al asunto estrangulando las vías económicas para los delincuentes. Se firmaron entonces, a principios de este mes, algunos acuerdos de colaboración entre entidades homólogas relacionadas con la economía y las finanzas.

Hoy es la migración la que protagoniza de nuevo la preocupación a ambos lados del río Bravo. Un problema que, lejos de solucionarse, por más parches que se van poniendo, incrementa el sufrimiento de miles de personas que no desisten de sus infernales traslados.

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